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(Wendy Carrillo)

El humo no preguntó si usted vivía en Boyle Heights o en East Los Angeles antes de entrar a su casa o a sus pulmones.

El gobierno sí.

Durante los primero ocho días, el humo tóxico cruzó sin problema los límites entre la ciudad y el condado. Entró a hogares, escuelas, parques, iglesias y negocios. Se metió en los pulmones de niños, adultos mayores, mujeres embarazadas, trabajadores esenciales y familias que no tenían ningún control sobre la dirección del viento.

A los bomberos les tomó ocho días extinguir el incendio de Lineage. Durante ocho días, a las familias les dijeron que permanecieran dentro de sus casas, cerraran las ventanas, usaran mascarillas y esperaran que el aire que respiraban no las enfermara. Sin embargo, las comunidades que vivían bajo esa nube de humo nunca recibieron órdenes de evacuación, dejando a muchas personas preguntándose por qué nunca se consideraron medidas de precaución para proteger a quienes estaban más expuestos.

El incendio de Lineage evidenció dos grandes fracasos.

La primera comenzó mucho antes del incendio.

¿Por qué se permitió que una enorme bodega industrial de refrigeración operara junto a viviendas, escuelas, parques y pequeños negocios?

Esa pregunta va mucho más allá de un solo edificio. Obliga a cuestionar el uso de suelo, la zonificación, la justicia ambiental y por qué instalaciones industriales de alto riesgo siguen concentrándose en comunidades inmigrantes y de clase trabajadora.

El segundo fracaso comenzó en el momento en que comenzó el incendio.

Una vez declarada la emergencia, todos los niveles de gobierno tenían la responsabilidad de proteger a las personas que vivían bajo esa nube de humo.

En cambio, el gobierno protegió los límites jurisdiccionales.

Durante los primeros varios días, funcionarios públicos y medios de comunicación llamaron a este desastre el "incendio de Boyle Heights". Aunque ese nombre describía técnicamente dónde estaban las llamas, ignoraba a quienes vivían bajo el humo en el este de Los Angeles, no incorporado, y que no es parte de la ciudad de Los Angeles. El viento llevó el humo hacia el este. Gran parte de la respuesta gubernamental no hizo lo mismo.

El humo no reconoce límites entre la ciudad y el condado.

Al parecer, el gobierno sí.

Las familias del este de Los Ángeles no estaban pidiendo un trato especial.

Pedían lo más básico: información clara, comunicación oportuna, aire limpio y protección.

En cambio, madres y padres no sabían si era seguro dejar salir a jugar a sus hijos. Personas mayores con enfermedades respiratorias se preguntaban si debían abandonar sus hogares. Trabajadores tuvieron que elegir entre ir a trabajar o respirar aire contaminado. Muchas familias terminaron recurriendo a grupos de vecinos en redes sociales porque la información oficial del condado fue inconsistente, tardía o simplemente nunca llegó.

Pero lo peor estaba por venir y el descubrimiento de qué tan rota estuvo esta respuesta.

Residentes del este de Los Ángeles —personas que durante días respiraron el mismo humo que sus vecinos de Boyle Heights— acudieron a la oficina de Ysabel Jurado, Concejal del Distrito 14 de la Ciudad de Los Ángeles para solicitar purificadores de aire. Diversos medios documentaron que residentes, incluidos niños que luchaban contra el cáncer, fueron rechazados porque no vivían dentro de los límites de la Ciudad de Los Ángeles.

Léalo otra vez.

Imagine tener que explicarle eso a la madre o al padre de un niño con asma.

Usted respiró el mismo humo.

Pero vive del lado equivocado del mapa.

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(Wendy Carrillo)

Después de enfrentar los mismos riesgos para la salud que sus vecinos, a estas familias les dijeron que una línea jurisdiccional era más importante que el humo que ya tenían en los pulmones.

En el este de Los Ángeles, la oficina de la supervisora Hilda Solís finalmente organizó una entrega de purificadores de aire. Se realizó el lunes, cinco días después que comenzó el incendio, de 1:00 a 6:00 de la tarde, con muy poca difusión. Muchas familias trabajadoras no pudieron salir de sus empleos para asistir. Las filas fueron largas. Los purificadores se agotaron. Personas que llevaban días respirando humo tóxico se fueron con las manos vacías. Quienes no tenían automóvil, teléfono inteligente o la posibilidad de permanecer horas en una fila quedaron, en los hechos, excluidos.

Eso no es una respuesta de emergencias. Es una falla en la planeación.

Los desastres no ocurren en horario de oficina. La respuesta del gobierno tampoco debería hacerlo.

Esto no fue culpa del personal de primera línea. Ellos hicieron lo mejor que pudieron con recursos limitados.

Este fracaso ocurrió mucho antes.

Las agencias de la ciudad y del condado no han actuado como una sola respuesta de emergencia.

En esos días tan críticos, no existió un plan unificado para proteger a las comunidades fuera de los límites de la Ciudad de Los Ángeles.

Las familias tuvieron que enfrentar barreras burocráticas mientras atravesaban una emergencia de salud pública.

Eso nunca debe volver a pasar.

Las empresas que están en el centro de este desastre también le deben respuestas a la comunidad.

La bodega de refrigeración de Lineage fue el origen de una emergencia ambiental que alteró la vida de miles de personas. Ante la creciente presión pública, Lineage finalmente identificó a Altus Power como la empresa operadora del sistema comercial de paneles solares instalado en el techo, donde se originó el incendio. Este fue el segundo incendio registrado en ese mismo techo.

Hasta ahora, Altus Power sigue sin dar la cara. 

Independientemente de lo que concluya la investigación, ambas empresas tienen la responsabilidad de responder las preguntas de la comunidad y ayudar a recuperar la confianza pública.

El silencio no reemplaza la responsabilidad.

El gobierno también tiene que responder. .

Apenas unas semanas antes del incendio de Lineage, el este de Los Ángeles enfrentó otra emergencia ambiental: un derrame de aproximadamente 25 mil galones de petróleo crudo que terminó contaminando el Río Los Ángeles. La comunidad exigió respuestas sobre los riesgos para la salud, la limpieza ambiental y los impactos a largo plazo. Organizaciones comunitarias solicitaron un foro público. Negocios locales sufrieron pérdidas económicas. Las familias querían transparencia.

Hasta el día de hoy, la supervisora Hilda Solís no ha realizado ese foro comunitario.

Muchas de las preguntas de la comunidad siguen sin respuesta.

Y ahora, la misma comunidad ha tenido que enfrentar otro desastre ambiental.

Otra exposición a sustancias potencialmente tóxicas.

Semanas de incertidumbre.

Otro recordatorio de que, con demasiada frecuencia, se espera que el este de Los Angeles cargue con los daños ambientales mientras espera a que el gobierno reaccione.

Eso no es resiliencia.

Es abandono.

El este de Los Ángeles se ha acostumbrado tanto a sobrevivir desastres ambientales que el gobierno ha confundido nuestra capacidad de resistir como permiso para seguir fallándonos.

La justicia ambiental no se mide por el número de conferencias de prensa que ofrecen los políticos después de un desastre.

Se mide por quién recibe la advertencia.

Quién recibe protección.

Quién recibe recursos.

Quién conoce la verdad.

Quién se queda atrás.

Y quién es incluido en lo que ocurre después.

La supervisora Hilda Solís representa a muchas de las personas más afectadas por estas dos emergencias ambientales consecutivas. Liderar durante un desastre requiere mucho más que comunicados de prensa y fotografías. Requiere presentarse ante la comunidad, responder preguntas difíciles, exigir cuentas a cada agencia responsable y a cada empresa involucrada, y garantizar que el este de Los Ángeles reciba la misma urgencia, protección y respeto que reciben sus vecinos de Boyle Heights, al otro lado de la calle en la ciudad.

Por décadas, el este de Los Ángeles ha cargado con una parte desproporcionada de los impactos ambientales.

Autopistas.

Vias de trenes. 

Bodegas.

Industria pesada.

Contaminación por diésel.

La contaminación por plomo de EXIDE.

Ahora un derrame de petróleo.

Ahora el incendio de Lineage.

La injusticia ambiental no es un solo desastre. Es la muerte por mil decisiones.

Una bodega más.

Otra fuente de contaminación.

Así, poco a poco, se les dice a las comunidades inmigrantes y de clase trabajadora que es aceptable vivir junto a estos riesgos.

No se puede seguir esperando que nuestras comunidades soporten un desastre tras otro simplemente porque han aprendido a sobrevivir.

Hoy escribo como una persona particular. Pero tuve el privilegio de representar al este de Los Angeles en la Asamblea Estatal en Sacramento durante casi ocho años.  Conozco cada autopista, cada vecindario y cada corredor industrial que ha marcado a nuestra comunidad. También sé que nada de esto era inevitable. Fueron decisiones.

Ahora, las llamas ya se apagaron.Pero la emergencia no ha terminado.

Ahora viene la limpieza de residuos peligrosos.

El olor a comida descompuesta.

Las ratas. Los gusanos. Las moscas. 

La maquinaria pesada.

Las pruebas ambientales.

Y el largo proceso para exigir que tanto el gobierno como las empresas responsables rindan cuentas por lo ocurrido y por lo que viene.

Dentro de unas semanas, este tema dejará de aparecer en las noticias.

Los equipos de limpieza se irán.

Pero una pregunta seguirá presente.

¿Aprendimos algo del incendio de Lineage?

La justicia ambiental no consiste en proteger a políticos ni a las grandes corporaciones, especialmente cuando exigir respuestas es políticamente incómodo. 

Consiste en proteger a las familias de daños que pudieron prevenirse.

Consiste en garantizar que la salud de un niño nunca dependa de una línea en el mapa o de un código postal.

Consiste en decir verdades incómodas cuando el gobierno decide a qué comunidades, a qué vecindarios y a qué vidas les dará toda su atención.

Durante demasiado tiempo, el problema no ha sido solamente un desastre ambiental tras otro.

El problema ha sido una respuesta del gobierno del condado que, una y otra vez, deja al este de Los Ángeles esperando información, recursos y rendición de cuentas.

Eso nunca debe convertirse en algo normal.

Sobrevivir no es lo mismo que vivir.

El este de Los Ángeles merece mucho más que sobrevivir.

Merecemos vivir con dignidad.

 

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