La herida todavía está fresca. La percibo ardiendo con un rojo vivo, pero poco a poco va curándose por el amor que siempre recordaré de doña Lydia Márquez.
Lydia nació en Piedras Negras, Veracruz. Se casó a los 17 años con Sergio Cruz, de 23. Tuvieron cuatro hijos, el tercero es mi padre. A los 21, mi padre y mi madre de 19 me tuvieron a mí, repentinamente cambiando sus planes de estudios universitarios.
Mi abuelita Lydia asumió de mis cuidados mientras mis padres trabajaban. Al mismo tiempo, mi abuelito Sergio consiguió trabajo en Cancún, México. Mi abuelita, mi tía y yo lo acompañamos a esa ciudad del Caribe. De ahí, vivimos en un pequeño pueblo cerca de Valladolid, Campeche.
Viví mis primeros años con mi abuelita, nutriéndome de tostadas de frijoles, tortilla con crema y sal y plátanos fritos.
Cuando regresamos a la capital, mi abuelita solía llevarme a la hora del recreo, un bistec empanizado con papitas fritas, recién hechas. Mis compañeros de primaria me veían con envidia, mientras tenían que conformarse con su sándwich y Frutsi, yo tomaba mi agua fresca de piña o de guayaba.
En Campeche, cuando cumplía años, invitaban a todo el pueblo. Fui una niña muy consentida por mi abuelita Lydia. El amor que recibí de ella aún lo siento en el corazón. Para ella, las fiestas eran lo que más disfrutaba, compartir momentos con su familia y amigos. Todavía puedo escuchar sus risas, mientras preparaba tortillas y las calentaba en el comal, cocinando picadas, chiles en nogada, buñuelos.
Para todas las fiestas ella siempre preparaba demasiada comida, pero no había para llevar. Si querían comer más, eran bienvenidos al siguiente día a su casa, con tortillas calientes y recién hechas.
Eventualmente aprendí a hacer tortillas y cocer frijoles, pero cuando le platiqué que me iba a casar, me vio incrédula. Siempre le había dicho que yo no me iba a casar, porque no quería cocinar todos los días. Le advirtió a mi futuro esposo que yo no sabía cocinar. Afortunadamente, ahora venden frijoles en lata lo suficientemente deliciosos para disfrutar, pero sé que doña Lydia ahora me ve desde el más allá en espera de que compre mi olla express.
Lydia se fue de este mundo el 31 de mayo, tras unos años con demencia que se hizo más grave después de que muriera su esposo Sergio en 2020. Desde entonces mi abuelita dejó de reconocerme, pero me halagó mi vestido en su fiesta de cumpleaños el año pasado. Me siento muy agradecida de haber podido pasar ese último momento con ella, celebrando con mariachis sus 90 años. Aunque ya no podía caminar, se movía de lado a lado en su silla, bailando al compás de las trompetas. No tengo duda de que ahora la fiesta continúa, allá en el cielo, bailando con su amado y con mi tío.

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